Iván I

Entré al gimnasio una tarde nublada. Se oía el repicar de una pelota de basquet y los típicos gritos de chongos que, más que excitarme, me provocan ternura.

Habían 5 o 6 chicos jugando en un solo extremo de la cancha. Yo me dirgí hacia el otro, donde estaban las barras. Tenía puesta una calza negra y una musculosa ajustadita. Supongo que eso sólo hubiera bastado para que me hicieran burla, pero lo que realmente los sacaba eran mis medias de lana rosadas.

Yo había pensado ese día dedicarme sólo a entrenar saltos, pero no pude resistirme a la presencia de un grupito de machos sudados, así que me puse a elongar.
Discretamente los miraba por el espejo mientras ellos observaban sin ningún reparo la apertura perfecta de mis piernas.

Pasados unos quince minutos, ya podía observar algunas sonrisas cómplices entre ellos. De vez en cuando, sorprendía alguna mirada que contenía algo de fuego además de burla.
El momento era excitante. Sabía que en ese momento se sentían superiores a mí. Sabía que entre ellos se reían burlonamente de mis posturas de ballet...pero también sabía que se les estaba despertando la curiosidad al verme tan confiado con mi cuerpo y mis poses.

Uno de ellos se reía más fuerte que los otros y me miraba sin pudor. Era un poquito más alto que yo, con un cuerpo muy atlético aunque algo delgado y sin vellos que asomaran por ninguna parte. Tenía puesto el equipo completo de basquetbolista, todo color verde oscuro con rayas blancas y ostentaba en su cabeza un desagradable corte militar con algo de cubana.
Por supuesto, lo llevaba tan masculinamente que le quedaba muy sexy.

Su mirada me traslucía el desprecio absoluto que sentía por mí. En un momento en que lo miré se tocó el bulto y me sonrió burlonamente. Yo bajé la mirada y esperé un par de minutos. El siguiente cruce de miradas se produjo cuando él gritó, como un salvaje: "¡Siííí, vamo' loco!!!" porque metió un triple.

Juro que su grito hizo temblar el parquet de la cancha y la barra en la que apoyaba mi talón derecho. Era imposible no mirarlo y lo hice. Me devolvió la mirada inmediatamente, pero esta vez le tocó a él el turno de bajarla primero. Tal vez fue porque vió en mi mirada mi completa admiración. Y tal vez le gustó.

Comenzó a presumir. Gritaba, cantaba, bailoteaba y no paraba de hacer dobles. Era pura energía.
Con poca originalidad, levantó su remera varias veces para que sus abdominales quedaran a la vista. No puedo negar que eran hermosas, pero daban ganas de hacerle tragar toda esa confianza en sí mismo.

Varios cruces de miradas después, sus amigos comenzaron a juntas los bolsos a un lado de la cancha mientrás él los agitaba para que siguieran jugando. Justo en ese momento yo había abandonado las barras y me había colocado debajo del aro opuesto al que estaban ellos para estirar los brazos y el torso. Mientras doblaba mi cuerpo hacia la derecha escuché que alguien gritaba"Jugá con el puto, Iván!" y unas cuantas carcajadas siguieron.

Ví que sus amigos quedaron tiesos esperando la respuesta de Iván. Este, ni lento ni perezoso me miró con desprecio y me lanzó la pelota desde donde estaba. Me sorprendió la violencia de su gesto. La lanzó desde su pecho hacia mi cintura en un tiro horizontal. Yo la atrapé por puro reflejo pero igual golpeó mi vientre y me hizo soltar aire y saliva de golpe.

Todos, hasta Iván, rieron y entonces me enojé. Supongo que yo también tengo mi furia aunque la conozca tan poco.
Cuando alguien viene y te dice: "Tomá esta piedra y tirála a aquel árbol" y uno obedece automáticamente, 9 veces de cada 10 le pega al árbol, porque la mano obedece automática e inconscientemente la orden del cerebro. Después uno intenta repetir la hazaña pero empieza a calcular "más alto", "no tan fuerte" y ahí falla.

Al momento de recibir la pelota de manos de Iván, sólo pensé "Metéla en el aro" y la lancé desde la otra punta de la cancha con todas mis fuerzas, sin calcular ni pensar. Por supuesto, la pelota entró en el aro. Un minuto después, Iván y yo estábamos trenzados jugando un 21. Dos de sus amigos se habían ido al vestuario pero otros tres se quedaron riendo y haciendo bromas.

Sabiendo que Iván se calentaba, sus amigos comenzaron a alentarme a mí. "Vamos, Puto, vos podés", "Rompéle el ocote, como te gusta a vos", "Aguanten los trolos", etc., gritaban.
Yo no me reía ni decía nada pero disfrutaba viendo como Iván se había quedado en silencio concentrado en ganarme.

Pronto se les hizo evidente que yo no era un analfabeto en el básquet. A esto se sumaba que Iván llevaba más de hora y media jugando y yo estaba fresco y recién elongado. Pero Iván no podía admitir que un puto con medias rosadas le ganara. Él podía ganarme cuando quisiera, incluso agotado, así que comenzó a sobreexigirse, lo cual me dió más ventaja aún.

Sus amigos, ya algo impresionados y abiertos a nuevas experiencias, me preguntaron mi nombre y cesaron los gritos de "Dale, trolo!!" y comenzaron los de "Aguante, Lisandro!!".
Esto terminó por enfurecer a Iván, quien incluso se acercó furioso a uno de sus amigos, lo señaló con el dedo en la cara y le gritó "Cerrá el culo, pelotudo!". A esto siguieron más burlas, ahora centradas en Iván.

Le llevaba 7 puntos de ventaja. Yo estaba divino como al comienzo y él era una sola gota de sudor. Con furia, se sacó la chomba y la tiró al costado de la cancha, lo cual me dejó embobado unos segundos, pero él estaba demasiado agotado para aprovechar mi distracción.
Ya nada le importaba, quería sacarme la pelota como fuera. No le importaba tirarse encima mío, apoyarme su espalda y sus muslos contra mi abdomen con tal de impedirme pasar o apoyarme todo su vientre y su bulto en mis caderas para quitarme la pelota.

De repente, era un macho furioso compitiendo conmigo. Yo no quería eso, no me interesaba ganarle, pero no me resistía a la tentación. En un momento se alejó de mí con la pelota, cruzó la línea y lanzó un triple. La pelota iba a entrar pero yo, poseído por los gritos de sus amigos, salté y la tapé. Iván apretó los puños, arqueó sus hermosas -aunque lampiñas- piernas y gritó "Nooo!!" como si le hubieran arrancado un brazo. Sus amigos festejaron aquello elevando sus gritos y sus burlas. Iván parecía luchar por contener las lágrimas.

Comenzó a golpearme. Me metió tres faltas seguidas, pero no había árbitro. Sólo la hinchada de sus amigos que gritaban "Uhhhh!!" cada vez que Iván me metía una mano en la cara o yo terminaba tirado en el suelo por sus empellones. Pero también allí perdió, porque pronto comencé a esquivarlo sabiendo que sólo venía a empujarme. Lo hice con tanta gracia que terminó desanimándose.

Y finalmente, anoté el doble final. Le gané por una diferencia de 11 puntos.
Pero en realidad no gané yo sino que Iván perdió. Su rostro estaba anarbolado de furia y me miraba como si fuera a asesinarme mientras sus amigos se reían de él y me felicitaban a los gritos mientras golpeaban mis hombros amistosamente.

Había encontrado un placer enorme en derrotar a aquel chonguito creído, pero pensé que ya estaba bien de cosechar su odio, así que me aproximé a él y extendía mi mano. Le dije "Estuvo bueno, loco. Fue un gusto". Y como aquella frase me hizo sentir muy heterosexual, añadí rápida y femeninamente: "Jugás re bien."

Me quedé parado ahí esperando su respuesta mientras él me miraba con las manos en la cintura y con los ojos llenos de rabia.
A pesar de que nos mirábamos de frente y sentía que estábamos en plena conexión, yo no podía adivinar cómo reaccionaría

Gabriel I

Me dí cuenta de Gabriel por la forma en que miraba. Tenía algo más que esa tristeza en los ojos que tienen todos los hombres. Tenía una especie de hastío.
Parecía un león en un mundo sin cebras.
Yo miré dentro de sus ojos e inmediatamente se puso alerta. Me atacó. Me miró con desprecio. Ese desprecio con el que se escudan a veces los que no quieren pensar.
Pero su desprecio no me importaba. Yo sabía que él necesitaba una presa y, por su aspecto, parecía que hacía mucho no encontraba una. Y yo necesitaba fuego.
Sabía que no me iba a dar la oportunidad de acercarme a él porque el miedo al qué dirán le impediría atreverse a que lo vieran conmigo. Por lo tanto, tuve que crear la oportunidad yo.
No me fue difícil. La fiesta terminaba y estábamos lejos del centro. Sólo fué cuestión de averiguar hacia dónde iba Gabriel e insinuar delante de la dueña de casa que yo también iba hacia allá.
Con algo de incomodidad subí a su auto junto con dos personas más. La charla hizo referencia al barrio en que vivía cada uno. Sabiendo que Gabriel iba hasta Villa Allende yo mentí que tenía que ir hasta el Cerro. No me importaba tener que tomarme un colectivo después.
Las otras dos personas se bajaron en el centro e inmediatamente procedí a despertar a aquel dragón tan dormido.
Lo primero que hice fue cruzar las piernas y decirle maravillas sobre su auto. Todos los temas que tocamos los desvié hacia la óptica gay pero rematando con algo gracioso. Diez minutos después había vencido su antipatía, pero ya estábamos en el Cerro.
Le pregunté si podía dejarme en el parque. Habían varios autos estacionados con los vidrios empañados. El ambiente inspiraba.
Sin decir nada, Gabriel estacionó. Estaba serio y con la cabeza algo baja. Yo tomé la iniciativa y acerqué mi mano a su entrepierna. Él me agarró la muñeca pero yo lo miré a los ojos y le dije muy suavemente: "Dejáme que te muestre". Bajé la cabeza y comencé a morderle muy despacio a través del jean. Después se lo desabotoné y me encontré con una potente erección.
Era gruesa, muy gruesa. Casi gorda. Hacía juego perfecto con la contextura morruda de Gabriel.
Supuse que pocas mujeres habrían podido tragársela entera como hice yo. A mí mismo me costaba bastante ensanchar así mi boca y sabía que las mejillas me dolerían después.
Hice un juego de ida y vuelta entre sus testículos y su glande y noté cómo se le erizaba el vello del brazo mientras jadeaba más fuerte. Y fue entonces que, mientras lamía la ya lustrosa cabeza, miré hacia arriba y ví sus ojos. Ya no había tristeza ni desprecio, era furia pura.
La bestia por fin estaba suelta. Una de sus manos tironeaba mi cabello como si quisiera arrancarme la cabeza y sus caderas comenzaron a moverse de atrás hacia adelante frente a mi boca.
Él apartó la mirada rápidamente de la mía, pero ya se había expuesto.
Finalmente, el volcán hizo erupción y el fuego enchastró mi rostro y colgó de mi mentón. Ese fue otro momento en que nuestras miradas se cruzaron. Él agotado, con la bestia pronta para dormir de nuevo y yo satisfecho, con mi trofeo ya tibio desparramado por mi cara.
Limpié aquel líquido que no se puede mostrar ni siquiera de noche con mi pañuelo y bajé del auto. Mientras me alejaba me llamó desde la ventanilla.
Le dí el número que me pedía, sin estar seguro de querer verlo de nuevo. Pero lo hice porque en su mirada todavía habían brasas.
Quizás había más fuego del que yo creía en aquel volcán.