Parecía un león en un mundo sin cebras.
Yo miré dentro de sus ojos e inmediatamente se puso alerta. Me atacó. Me miró con desprecio. Ese desprecio con el que se escudan a veces los que no quieren pensar.
Pero su desprecio no me importaba. Yo sabía que él necesitaba una presa y, por su aspecto, parecía que hacía mucho no encontraba una. Y yo necesitaba fuego.
Sabía que no me iba a dar la oportunidad de acercarme a él porque el miedo al qué dirán le impediría atreverse a que lo vieran conmigo. Por lo tanto, tuve que crear la oportunidad yo.
No me fue difícil. La fiesta terminaba y estábamos lejos del centro. Sólo fué cuestión de averiguar hacia dónde iba Gabriel e insinuar delante de la dueña de casa que yo también iba hacia allá.
Con algo de incomodidad subí a su auto junto con dos personas más. La charla hizo referencia al barrio en que vivía cada uno. Sabiendo que Gabriel iba hasta Villa Allende yo mentí que tenía que ir hasta el Cerro. No me importaba tener que tomarme un colectivo después.
Las otras dos personas se bajaron en el centro e inmediatamente procedí a despertar a aquel dragón tan dormido.
Lo primero que hice fue cruzar las piernas y decirle maravillas sobre su auto. Todos los temas que tocamos los desvié hacia la óptica gay pero rematando con algo gracioso. Diez minutos después había vencido su antipatía, pero ya estábamos en el Cerro.
Le pregunté si podía dejarme en el parque. Habían varios autos estacionados con los vidrios empañados. El ambiente inspiraba.
Sin decir nada, Gabriel estacionó. Estaba serio y con la cabeza algo baja. Yo tomé la iniciativa y acerqué mi mano a su entrepierna. Él me agarró la muñeca pero yo lo miré a los ojos y le dije muy suavemente: "Dejáme que te muestre". Bajé la cabeza y comencé a morderle muy despacio a través del jean. Después se lo desabotoné y me encontré con una potente erección.
Era gruesa, muy gruesa. Casi gorda. Hacía juego perfecto con la contextura morruda de Gabriel.
Supuse que pocas mujeres habrían podido tragársela entera como hice yo. A mí mismo me costaba bastante ensanchar así mi boca y sabía que las mejillas me dolerían después.
Hice un juego de ida y vuelta entre sus testículos y su glande y noté cómo se le erizaba el vello del brazo mientras jadeaba más fuerte. Y fue entonces que, mientras lamía la ya lustrosa cabeza, miré hacia arriba y ví sus ojos. Ya no había tristeza ni desprecio, era furia pura.
La bestia por fin estaba suelta. Una de sus manos tironeaba mi cabello como si quisiera arrancarme la cabeza y sus caderas comenzaron a moverse de atrás hacia adelante frente a mi boca.
Él apartó la mirada rápidamente de la mía, pero ya se había expuesto.
Finalmente, el volcán hizo erupción y el fuego enchastró mi rostro y colgó de mi mentón. Ese fue otro momento en que nuestras miradas se cruzaron. Él agotado, con la bestia pronta para dormir de nuevo y yo satisfecho, con mi trofeo ya tibio desparramado por mi cara.
Limpié aquel líquido que no se puede mostrar ni siquiera de noche con mi pañuelo y bajé del auto. Mientras me alejaba me llamó desde la ventanilla.
Le dí el número que me pedía, sin estar seguro de querer verlo de nuevo. Pero lo hice porque en su mirada todavía habían brasas.
Quizás había más fuego del que yo creía en aquel volcán.
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